El pasaje comienza meditando en
las palabras del anciano Simeón: «Éste está puesto para
caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de
contradicción --¡y a Ti misma una espada te atravesará el
alma!--» (Lucas, 2, 34).
La espada atravesará su corazón: esto hace referencia a la
Pasión del Hijo, que se convertirá también en Pasión de la
Madre. Dicha Pasión comienza ya con su siguiente visita al
Templo: María debe aceptar la precedencia del auténtico
Padre y de su casa, del Templo; debe aprender a dejar libre
a aquel al que dio a luz. Debe llevar hasta el final el sí a
la voluntad de Dios que la hizo llegar a ser Madre:
retirarse y ponerlo en libertad para su misión. En los
rechazos de la vida pública y en esta retirada se da un paso
importante que se consumará en la Cruz con la palabra «Ahí
tienes a tu hijo»: desde ese momento, su hijo ya no es
Jesús, sino el discípulo. La aceptación y la disponibilidad
es el primer paso que se exige de Ella; el dejar y el dar
libertad es el segundo. Sólo así se hace completa su
maternidad: el «Dichoso el seno que te llevó» sólo se hace
verdad donde forma parte de la otra bienaventuranza.
«Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la
guardan» (Lucas 11,27s.). Así, María está preparada para el
misterio de la Cruz, que no termina simplemente en el
Gólgota. Su Hijo sigue siendo signo de contradicción, y así
Ella sigue sumergida en el dolor de dicha contradicción, el
dolor de la maternidad mesiánica.
Especialmente querida para la piedad cristiana se ha hecho
precisamente la imagen de la Madre sufriente, convertida
totalmente en com-pasión, con el Hijo muerto sobre el
regazo. En la Madre que com-padece han encontrado los
dolientes de todos los tiempos el reflejo más puro de esa
com-pasión divina que es el único consuelo verdadero. Pues
todo dolor, todo padecer es, en su esencia última,
aislamiento, pérdida del amor, dicha destrozada de quien ya
no es aceptado. Sólo el «com-» puede curar el dolor.
En Bernardo de Claraval se encuentra esta palabra
maravillosa: Dios no puede padecer, pero puede com-padecer
(1). Bernardo pone con ello cierto punto final a la disputa
de los Padres acerca de la novedad del concepto cristiano de
Dios. Para el pensamiento antiguo, a la esencia de Dios
pertenecía la impasibilidad de la pura razón. A los Padres
les resultaba difícil rechazar esta idea y concebir «pasión»
alguna en Dios, pero por la Biblia veían, perfectamente, no
obstante, que la «revelación de la Biblia» «hace
estremecer... [todo] lo que el mundo había pensado sobre
Dios». Veían que en Dios hay una pasión muy íntima, que
incluso es su genuina esencia: el amor. Y porque ama, el
padecimiento no le es ajeno en la forma de com-pasión.
«En
su amor al hombre, el Impasible ha sufrido la com-pasión
misericordiosa», escribe Orígenes a este respecto (2). Se
podría decir que la Cruz de Cristo es la com-pasión de Dios
por el mundo. En el Antiguo Testamento hebreo, el com-padecer
de Dios al hombre no se expresa con un término del ámbito
psicológico, sino que, como corresponde a la modalidad
concreta del pensamiento semítico, se designa con un vocablo
que en su significado básico denota un órgano corporal, a
saber «rahamim», que en singular significa el claustro o
seno materno. Lo mismo que «corazón» equivale a sentimiento,
y «lomos» y «riñones», a deseo y a dolor, así el seno
materno se convierte en la palabra que denota la solidaridad
con otro, en referencia muy honda a la facultad del ser
humano de existir para otro, de asumirlo en sí mismo, de
soportarlo y, soportándolo, darle la vida. El Antiguo
Testamento nos dice, con una palabra del lenguaje del
cuerpo, cómo Dios nos contiene en sí nos lleva en sí con un
amor que com-padece (3).
Las lenguas en las que el Evangelio entró con su paso al
mundo pagano no conocían tales formas de expresión. Pero la
imagen de la Pietà, la Madre que padece por el Hijo muerto,
se convirtió en la traducción viva de esta palabra: en ella
queda patente el padecer materno de Dios. En Ella se ha
hecho visible, tangible. Ella es la «compassio» de Dios,
representada en un ser humano que se ha dejado implicar
plenamente en el misterio de Dios. Pero, puesto que la vida
humana es en todos los tiempos padecer, la imagen de la
Madre que padece, la imagen de los «rahamim» de Dios, ha
llegado a ser muy importante para la cristiandad. Sólo en
Ella llega a su término la imagen de la Cruz, porque Ella es
la Cruz asumida, que se comparte en el amor, la que nos
permite ahora experimentar en su com-pasión la com-pasión de
Dios. Así, el dolor de la Madre es dolor pascual que ya
manifiesta la transformación de la muerte en la solidaridad
redentora del amor. Con ello, sólo en apariencia nos hemos
alejado mucho del «Alégrate» con el que comienza la historia
de María. Pues la alegría que le es anunciada no es la
alegría banal que se concreta en el olvido de los abismos de
nuestro ser, y por eso está condenada a caer en el vacío. Es
la verdadera alegría, que nos hace arriesgarnos al éxodo del
amor hasta el interior de la ardiente santidad de Dios. Es
esa verdadera alegría que con el dolor no se destruye, sino
que llega a su madurez. Sólo la alegría que se mantiene
firme ante el dolor y es más fuerte que el dolor, es la
verdadera alegría.
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(1) «In Cant.», s. 26, n. 5, PL 183, 906: «impassibilis est
Deus, sed non incompassibilis». Cf. H. de Lubac, «Geist aus
der Geschichte. Das Schriftverständnis des Origenes,
Einsiedeln 1968 (original francés 1950), p. 285. Todo el
capítulo «Ver Gott des Origenes», pp. 269-289, es importante
para esta cuestión. H. U. von Balthasar ha tratado repetidas
veces el tema contiguo a éste del «dolor de Dios», por
última vez en: ID 5, «El último acto», Madrid 1997, pp.
210-243).
(2) H. de Lubac, op. cit., p. 286.
(3) Sobre esto es importante la gran nota 52 de la encíclica
de Juan Pablo II «Dives in misericordia» (Sobre la
misericordia divina); Cf. también la nota 61.