
Se abrió en el cielo el santuario
de Dios y en su santuario apareció el arca de su alianza.
Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer
vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce
estrellas. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón
rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las
cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las
estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente
de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en
cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con
vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron
junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene
un lugar reservado por Dios. Se oyó una gran voz en el cielo:
-«Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de
nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.»
(Libro del Apocalipsis 11, l9a; 12, 1. 3-6a. l0ab)
Cada vez que
celebramos la festividad de la Asunción, se nos presenta ante
los ojos la grandiosa señal de la que nos habla la primera
lectura de este día: una mujer revestida por el Sol, o sea,
inmersa en la luz de Dios, que la inhabita porque Ella habita en
Él. Hombre y Dios se compenetran y se intercomunican. Los
Cielos y la tierra se han fundido. Por debajo de los pies, la
Luna, como signo de que lo efímero y mortal ha sido superado, y
que la transitoriedad de las cosas ha sido convertida en
existencia perdurable. Y la corona de doce estrellas
significa salvación, porque las doce estrellas representan la
familia nueva de Dios, anticipada por los doce hijos de
Jacob y los doce Apóstoles de Jesucristo.
En esta fiesta pletórica de esperanza y de alegría
comprendemos que Jesucristo no ha querido estar solo a la
derecha del Padre, y que con ella se clausura propiamente la
nueva Pascua. Jesucristo no se va solo para encontrarse a
solas con el Padre, abandonando a su suerte nuestra tierra.
Recibiendo a María, inicia para nosotros, los que estamos en la
tierra, nuestra propia recepción para que Dios y nuestro mundo
se vayan compenetrando, y aparezca una tierra nueva.
Por tanto, la
enseñanza que se nos da en este día es la siguiente: que el
Señor no está solo; que el nacimiento de la tierra nueva, lejos
de situarse en el futuro, ha comenzado ya, y que es un germen
para cualquiera de los hombres desde el momento en que se da
completamente a Dios.
Con esa alegoría bíblica de la Mujer, el Sol y las estrellas, y
con el sencillo lenguaje de nuestro año litúrgico, se nos indica
la Asunción del cuerpo de María en los Cielos. Tres conceptos
capitales se mencionan: María, Cielo y cuerpo. María
es el ser humano que se nos ha adelantado plenamente, y que por
ello es para nosotros un foco de esperanza. Los intentos que
se han hecho, en los últimos 200 años, para crear un hombre
nuevo, y con él establecer una tierra nueva, nos han llevado a
consecuencias catastróficas. Nosotros somos incapaces de hacer
eso; pero Dios sí lo puede, lo hace, y nos enseña la manera de
prepararnos para el encuentro con El.
Consideremos en su interrelación los otros dos conceptos que la
Iglesia nos presenta en su Liturgia: Cielo y cuerpo, o,
dicho exactamente, Cielo y tierra. Mencionar el primero
parece en la actualidad una antigualla. ¿Quién se atreve a
nombrarlo en estos tiempos? La nuestra es una época en la que
resuena la voz de Nietzsche: Hermanos, permaneced fieles a la
tierra. Nos invita a que, apartando por completo del Cielo
nuestros ojos, disfrutemos plenamente de la tierra, y no
esperemos otra cosa que lo que ella pueda darnos. Lo mismo
Berthold Brecht: Dejemos el cielo para los pájaros. Y, por su
parte, Albert Camus, dando la vuelta a las palabras de Jesús
cuando decía: Mi Reino no es de este mundo (Jn, XVIII, 36), nos
propone como designio: Mi reino es de este mundo. Tal ha sido el
objetivo de toda una centuria. Mi reino es de este mundo: en
esto ha resumido sus aspiraciones nuestro siglo, y en esto
continuamos resumiéndolas nosotros. Deseamos tener en este mundo
nuestro reino, el espacio donde vivamos nuestra vida.
¿Qué significa
exactamente que nuestro reino es de este mundo? Significa que
pretendemos obtener del tiempo lo que sólo la eternidad nos
puede dar. Nos esforzamos por sacar eternidades de lo que sólo
es temporal; y, como es lógico, nos quedamos siempre cortos, y
corremos sin descanso en pos del tiempo perdido. Cuando el
tiempo es lo único que cuenta, el resultado no puede ser otro
que impotencia, perdida y falta de tiempo. Llega un día en que
el tiempo mismo se nos va, mientras pensábamos que en él
encontraríamos la eternidad.
Y algo parecido nos ocurre con la tierra, con este mundo
nuestro, que vemos convertido en escenario de destrucciones. Si
queremos arrancar todo de ella, se nos queda muy escasa, y
acabamos destruyéndola. De aquí vienen inevitablemente
aversiones entre nosotros, hacia nosotros mismos y hacia Dios,
rivalidades y violencias. Frente a esto, vale la pena que nos
diésemos cuenta del mensaje que quiere transmitirnos esa imagen
de la mujer que está vestida por el Sol: que dirijamos nuestros
ojos hacia el Cielo, con la seguridad de que también nuestra
tierra saldrá regenerada. Volver nuestras mirada hacia el Cielo
significa dejar que nuestras almas se abran a Dios para que tome
posesión de nuestras vidas.
Al comenzar la Edad Moderna dijo alguien que deberíamos vivir
como si Dios no existiera. Esto ha ocurrido, y a la vista
tenemos las consecuencias. Nuestra regla debe ser exactamente la
contraria: vivir en todo instante dando como supuesto que Él
existe, y conforme a lo que Él es, porque por fuerza es lo que
es. Este vivir significa dar oído a su Palabra y a su Voluntad,
sintiéndonos mirados por Sus ojos. De este modo, sentiremos que
pesa más nuestra responsabilidad; pero, en compensación, se hará
mas fácil y mas humana nuestra vida. Mas fácil, porque nuestros
errores, fracasos, privaciones y perdidas jamás nos parecerán
definitivos y fatales, sabiendo como sabemos que detrás de todo
ello existe siempre un sentido, y que nada esta perdido para
siempre. Desde esta perspectiva, nos aparece en primer plano el
lado bueno de las cosas. Ciertamente, con mirar hacia el
Cielo no impedimos que lo ingrato siga siéndolo; pero su peso
habrá menguado, porque todo será para nosotros penúltimo. No nos
rebelaremos cuando las cosas no resulten como quisiéramos, o se
frustren nuestros propósitos: porque sabemos que, en el fondo,
hay algo bueno en ello, toda vez que Dios es bueno.
Así, cuando perdamos a un ser querido, pensaremos que no se ha
ido definitivamente, y que algún día volveremos a vernos. Es
más: incluso deberíamos alegrarnos con la idea de un perfecto
reencuentro. Si se ha ido de nuestro lado, nuestra separación
provisional se cambiará en su momento por una compañía donde el
gozo será completo y puro, sin que lo empañen las fatigas y
tribulaciones de la vida presente. Y, por lo que se refiere a
nuestras obras en general, procederemos pensando que su peso es
oro eterno: porque Dios está mirándonos y nos guía; y porque Él
es el origen de la justicia, y nos trata justamente.
Con todo ello, se incrementa nuestro sentido de responsabilidad
hacia nosotros, nuestros prójimos y la tierra en la que vivimos.
Nos sentimos en libertad y sin temor ante el futuro. Nuestra
vida mejora en calidad y en amplitud, y se dirige hacia delante
combinando el sosiego con la firme decisión de progresar por el
camino verdadero: el de la justicia y el amor de Dios.
Y hablemos ahora en concreto de las cosas corporales. Hoy
se piensa que la creación de la materia nada tiene que ver con
Dios: ella es como es, regida por sus leyes, y basta. Según esta
mentalidad, el Cristianismo se reduce a pura idea, vacía de
realidad. Pero, pensando bien las cosas, advertimos que
semejante posición es incoherente. Sabemos perfectamente que la
salud y la enfermedad no se reducen a fenómenos biológicos y
psicológicos; que el cuerpo y el alma se intercomunican y se
condicionan e informan mutuamente; que el alma es una fuerza
constitutiva de nuestra vida corporal. Por otra parte, sabemos
que la vida y el mundo son modificados por el odio y por el
amor, y, sobre todo, que tanto el cuerpo como el alma resultan
afectados de modos diferentes si expulsamos a Dios, o si, por el
contrario, acogemos a Dios.
En la Virgen María tenemos el mejor paradigma de la entrega a
Dios,
por cuanto Ella, no solo rindió a Dios adoración mediante
pensamientos, sino que le ofreció su cuerpo entero para que, a
su vez, Dios tomase cuerpo. Para nosotros, por tanto, ser
cristianos incluso con el cuerpo significa comportarnos como
tales amando a la Creación y al Creador. En tal sentido, debemos
hacernos cargo de que jamás preservaremos la Creación si
pretendemos desconocer al Creador; de que continuaremos
maltratando la tierra a menos que la usemos y custodiemos
viviendo en armonía con Él, que nos la ha dado. Tenemos el
deber de procurar que nuestra vida de cristianos esté
caracterizada por el respeto hacia nuestros cuerpos y los
ajenos, y hacia esta tierra nuestra, que es don de Dios. Si
materializamos de este modo nuestro ser de cristianos, podremos
contemplar cómo la luz eterna de Dios renueva y ennoblece
nuestros cuerpos y nuestra tierra.
Y ahora, un último punto. Desde antiguo, la fiesta de la
Asunción ha sido acompañada por la costumbre de bendecir las
plantas. Esta fundada en la creencia popular de que, cuando se
abrió el sepulcro de María, su interior exhaló efluvios
aromáticos de plantas y de flores. Apoyémonos en ello para decir
que, cuando el hombre hace su vida con Dios y para Dios, también
de nuestra tierra brotan flores, y se desprenden perfumes y
cantares. Y lo contrario: que la inmundicia de las almas
contamina nuestra tierra y la destroza, según estamos viendo. De
aquí que, para nosotros, esas plantas constituyan un símbolo del
misterio de María, una señal de la consonancia entre los Cielos
y la tierra. Ellas nos dicen que, si la tierra ha de florecer,
será cuando y donde admitamos a Dios en ella volviéndonos
nosotros hacia El. Con este espíritu, las llevaremos a nuestras
casas como signo de que esperamos una tierra nueva; como signo
de que nuestro Dios, que ha de crear unos Cielos nuevos y una
tierra nueva, los hace ya florecer en cualquier parte donde los
hombres aciertan a vivir en armonía con Su amor.
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DIRECTORIO
SOBRE LA PIEDAD POPULAR Y LA LITURGIA
CIUDAD DEL
VATICANO, 2002
La
Asunción de Santa María Virgen
180. En el
transcurso del Tiempo ordinario destaca, por sus múltiples
significados teológicos, la solemnidad de la Asunción de Santa
María Virgen (15 de Agosto). Es una memoria antigua de la
Madre del Señor, compendio y síntesis de muchas verdades de la
fe. La Virgen asunta al cielo:
- aparece como
"el fruto más excelso de la redención", testimonio supremo de
la amplitud y la eficacia de la obra salvífica de Cristo
(significado soteriológico);
- constituye la
prenda de la participación futura de todos los miembros del
Cuerpo místico en la gloria pascual del Resucitado (aspecto cristológico);
- es para todos
los hombres "la imagen y la consoladora prenda del
cumplimiento de la esperanza final; pues dicha glorificación
plena es el destino de aquellos que Cristo ha hecho hermanos,
teniendo "en común con ellos la carne y la sangre" (Heb 2, 14;
cfr. Gal 4, 4)" (aspecto antropológico);
- es la imagen
escatológica de lo que la Iglesia "toda, desea y espera llegar
a ser" (aspecto eclesiológico);
- es la
garantía de la fidelidad del Señor a su promesa: reserva una
recompensa espléndida a su humilde Sierva por su adhesión fiel
al plan divino, esto es, un destino de plenitud y
bienaventuranza, de glorificación del alma inmaculada y del
cuerpo virginal, de perfecta configuración con el Hijo
resucitado (aspecto mariológico).
181. La fiesta
del 15 de agosto es muy apreciada en la piedad popular. En
muchos lugares se considera que es la fiesta de la Virgen, por
antonomasia: el "día de Santa María", como lo es la Inmaculada
para España y para América Latina.
En los países
del área germánica se ha difundido la costumbre de bendecir
plantas aromáticas el 15 de Agosto. Esta bendición, que
durante algún tiempo figuró en el Rituale Romanum,
constituye un claro ejemplo de auténtica evangelización de
ritos y creencias pre-cristianas: a Dios, por cuya palabra "la
tierra produce sus brotes, hierbas que producen semillas...y
árboles que dan cada uno fruto con semillas, según sus
especies" (Gn 1,12), es a quien hacía falta dirigirse para
obtener lo que los paganos trataban de conseguir mediante sus
ritos mágicos: evitar los daños que producían las hierbas
venenosas, aumentar la eficacia de las curativas.
De esta visión
viene, en parte, el uso antiguo de aplicar a la Virgen
Santísima, haciendo referencia a la Escritura, símbolos y
apelativos tomados del mundo vegetal, como viña, espiga,
cedro, lirio, y ver en ella una flor de suave olor por sus
virtudes, e incluso describirla como el "retoño germinado de
la raíz de Jesé" (Is 11,1) que engendraría el fruto bendito,
Jesús.
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