Queridos hermanos en
el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y
hermanas:
Ante todo, os saludo cordialmente a todos. Para mí es una
gran alegría celebrar la misa en el día de la Asunción de
la Virgen María en esta hermosa iglesia parroquial. Saludo
al cardenal Sodano, al obispo de Albano, a todos los
sacerdotes, al alcalde y a todos vosotros. Gracias por
vuestra presencia. La fiesta de la Asunción es un día de
alegría. Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la
vida. Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte
que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su
fuerza es bondad y amor.
María fue elevada al cielo en cuerpo y alma: en Dios
también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para
nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo
tenemos una madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de
Dios, es nuestra madre. Él mismo lo dijo. La hizo madre
nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros:
"He aquí a tu madre". En el cielo tenemos una
madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón.
En el evangelio de hoy hemos escuchado el Magníficat,
esta gran poesía que brotó de los labios, o mejor, del
corazón de María, inspirada por el Espíritu Santo. En
este canto maravilloso se refleja toda el alma, toda la
personalidad de María. Podemos decir que este canto es un
retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos
verla tal cual es.
Quisiera destacar sólo dos puntos de este gran canto.
Comienza con la palabra Magníficat: mi alma
"engrandece" al Señor, es decir, proclama que el
Señor es grande. María desea que Dios sea grande en el
mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en
todos nosotros. No tiene miedo de que Dios sea un "competidor"
en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo
de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que,
si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No
oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande:
precisamente entonces se hace grande con el esplendor de
Dios.
El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo
contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que,
si Dios era demasiado grande, quitara algo a su vida.
Pensaban que debían apartar a Dios a fin de tener espacio
para ellos mismos. Esta ha sido también la gran tentación
de la época moderna, de los últimos tres o cuatro siglos.
Cada vez más se ha pensado y dicho: "Este Dios
no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida
con todos sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer;
queremos ser autónomos, independientes. Sin este Dios
nosotros seremos dioses, y haremos lo que nos plazca".
Este era también el pensamiento del hijo pródigo, el cual
no entendió que, precisamente por el hecho de estar en la
casa del padre, era "libre". Se marchó a un país
lejano, donde malgastó su vida. Al final comprendió que,
en vez de ser libre, se había hecho esclavo, precisamente
por haberse alejado de su padre; comprendió que sólo
volviendo a la casa de su padre podría ser libre de verdad,
con toda la belleza de la vida.
Lo mismo sucede en la época moderna. Antes se pensaba y se
creía que, apartando a Dios y siendo nosotros autónomos,
siguiendo nuestras ideas, nuestra voluntad, llegaríamos a
ser realmente libres, para poder hacer lo que nos apetezca
sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece,
el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde
la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro.
Al final se convierte sólo en el producto de una evolución
ciega, del que se puede usar y abusar. Eso es precisamente
lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época.
El hombre es grande, sólo si Dios es grande. Con María
debemos comenzar a comprender que es así. No debemos
alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer
que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros
seremos divinos: tendremos todo el esplendor de la
dignidad divina.
Apliquemos esto a nuestra vida. Es importante que Dios sea
grande entre nosotros, en la vida pública y en la vida
privada. En la vida pública, es importante que Dios esté
presente, por ejemplo, mediante la cruz en los edificios públicos;
que Dios esté presente en nuestra vida común, porque sólo
si Dios está presente tenemos una orientación, un camino
común; de lo contrario, los contrastes se hacen
inconciliables, pues ya no se reconoce la dignidad común.
Engrandezcamos a Dios en la vida pública y en la vida
privada. Eso significa hacer espacio a Dios cada día en
nuestra vida, comenzando desde la mañana con la oración y
luego dando tiempo a Dios, dando el domingo a Dios. No
perdemos nuestro tiempo libre si se lo ofrecemos a Dios. Si
Dios entra en nuestro tiempo, todo el tiempo se hace más
grande, más amplio, más rico.
Una segunda reflexión. Esta poesía de María -el Magníficat-
es totalmente original; sin embargo, al mismo tiempo, es un
"tejido" hecho completamente con "hilos"
del Antiguo Testamento, hecho de palabra de Dios. Se puede
ver que María, por decirlo así, "se sentía como en
su casa" en la palabra de Dios, vivía de la palabra de
Dios, estaba penetrada de la palabra de Dios. En efecto,
hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios;
sus pensamientos eran los pensamientos de Dios; sus palabras
eran las palabras de Dios. Estaba penetrada de la luz divina;
por eso era tan espléndida, tan buena; por eso irradiaba
amor y bondad. María vivía de la palabra de Dios; estaba
impregnada de la palabra de Dios. Al estar inmersa en la
palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con la palabra
de Dios, recibía también la luz interior de la sabiduría.
Quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios,
habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas
las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo
tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la
fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el
mundo.
Así, María habla con nosotros, nos habla a nosotros, nos
invita a conocer la palabra de Dios, a amar la palabra de
Dios, a vivir con la palabra de Dios, a pensar con la
palabra de Dios. Y podemos hacerlo de muy diversas maneras:
leyendo la sagrada Escritura, sobre todo participando en la
liturgia, en la que a lo largo del año la santa Iglesia nos
abre todo el libro de la sagrada Escritura. Lo abre a
nuestra vida y lo hace presente en nuestra vida.
Pero pienso también en el Compendio del Catecismo de la
Iglesia católica, que hemos publicado recientemente, en
el que la palabra de Dios se aplica a nuestra vida,
interpreta la realidad de nuestra vida, nos ayuda a entrar
en el gran "templo" de la palabra de Dios, a
aprender a amarla y a impregnarnos, como María, de esta
palabra. Así la vida resulta luminosa y
tenemos el criterio para juzgar, recibimos bondad y fuerza
al mismo tiempo.
María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y
con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está
alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con
Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros.
Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de
algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de
nosotros, más aún, que está "dentro" de todos
nosotros, María participa de esta cercanía de Dios. Al
estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de
nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras
oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha
sido dada como "madre" -así lo dijo el Señor-, a
la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha
siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre
del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad.
Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta
Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.
En este día de fiesta demos gracias al Señor por el don de
esta Madre y pidamos a María que nos ayude a encontrar el
buen camino cada día. Amén.
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DIRECTORIO
SOBRE LA PIEDAD POPULAR Y LA LITURGIA
CIUDAD DEL
VATICANO, 2002
La
Asunción de Santa María Virgen
180. En el
transcurso del Tiempo ordinario destaca, por sus múltiples
significados teológicos, la solemnidad de la Asunción de Santa
María Virgen (15 de Agosto). Es una memoria antigua de la
Madre del Señor, compendio y síntesis de muchas verdades de la
fe. La Virgen asunta al cielo:
- aparece como
"el fruto más excelso de la redención", testimonio supremo de
la amplitud y la eficacia de la obra salvífica de Cristo
(significado soteriológico);
- constituye la
prenda de la participación futura de todos los miembros del
Cuerpo místico en la gloria pascual del Resucitado (aspecto cristológico);
- es para todos
los hombres "la imagen y la consoladora prenda del
cumplimiento de la esperanza final; pues dicha glorificación
plena es el destino de aquellos que Cristo ha hecho hermanos,
teniendo "en común con ellos la carne y la sangre" (Heb 2, 14;
cfr. Gal 4, 4)" (aspecto antropológico);
- es la imagen
escatológica de lo que la Iglesia "toda, desea y espera llegar
a ser" (aspecto eclesiológico);
- es la
garantía de la fidelidad del Señor a su promesa: reserva una
recompensa espléndida a su humilde Sierva por su adhesión fiel
al plan divino, esto es, un destino de plenitud y
bienaventuranza, de glorificación del alma inmaculada y del
cuerpo virginal, de perfecta configuración con el Hijo
resucitado (aspecto mariológico).
181. La fiesta
del 15 de agosto es muy apreciada en la piedad popular. En
muchos lugares se considera que es la fiesta de la Virgen, por
antonomasia: el "día de Santa María", como lo es la Inmaculada
para España y para América Latina.
En los países
del área germánica se ha difundido la costumbre de bendecir
plantas aromáticas el 15 de Agosto. Esta bendición, que
durante algún tiempo figuró en el Rituale Romanum,
constituye un claro ejemplo de auténtica evangelización de
ritos y creencias pre-cristianas: a Dios, por cuya palabra "la
tierra produce sus brotes, hierbas que producen semillas...y
árboles que dan cada uno fruto con semillas, según sus
especies" (Gn 1,12), es a quien hacía falta dirigirse para
obtener lo que los paganos trataban de conseguir mediante sus
ritos mágicos: evitar los daños que producían las hierbas
venenosas, aumentar la eficacia de las curativas.
De esta visión
viene, en parte, el uso antiguo de aplicar a la Virgen
Santísima, haciendo referencia a la Escritura, símbolos y
apelativos tomados del mundo vegetal, como viña, espiga,
cedro, lirio, y ver en ella una flor de suave olor por sus
virtudes, e incluso describirla como el "retoño germinado de
la raíz de Jesé" (Is 11,1) que engendraría el fruto bendito,
Jesús.
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